07 de octubre de 2019
Cuando hablamos de progreso

Fotografía: Jon Tyson | Unsplash
A menudo asumimos sin demasiadas dudas que el punto al que hemos llegado hoy, nuestro presente, es el resultado de una acumulación de mejoras a lo largo de la historia de la humanidad. Pensamos en ello como una evolución lineal y un desarrollo que, según entendemos desde nuestra posición etnocéntrica y ombliguista, se ha producido en sentido único y ascendente. Mejorando siempre. O casi siempre.
Sin embargo, no ha sido siempre así. La idea de progreso, según Augusto Comte, no existía en la Antigüedad y la construcción de ese concepto es un proceso que florece con la Revolución Francesa y el fin del Antiguo Régimen, cuando la civilización occidental ya mira con perspectiva histórica al pasado y termina de sacudirse la guía de un Dios que dirige nuestra existencia.
Y entonces fuimos en busca del progreso.
Lo que el tiempo circular nos enseña
Efectivamente, no era igual en la Antigüedad, ni lo ha sido para las civilizaciones fuera de lo que hemos llamado “occidente”. Para griegos y romanos, el tiempo era circular, como lo son las estaciones y ciclos de la naturaleza. Interesaba, por lo tanto, lo que permanecía, lo que se repetía, aquello que es inevitable, que no se puede cambiar.
Como apunta Julian Baggini en The Guardian, esto “tenía sentido especialmente en las sociedades premodernas, donde había pocas innovaciones a través de las generaciones y la gente vivía vidas muy similares a las de sus abuelos”. Algo difícil de comparar con los precipitados cambios en tecnología y modo de vida de nuestro último siglo.
De estas miradas cíclicas al devenir del tiempo, es especialmente interesante para el momento actual de Cuarta Revolución Industrial y crisis política, la Teoría de la Anaciclosis de Polibio, que traza el ciclo de la degeneración de los regímenes políticos.
Aunque habría mucho que discutir sobre la solución que propone, no deja de ser pertinente esta idea de degeneración de la democracia (que llamó oclocracia), frente a la asunción habitual de que la democracia y el estado de derecho ya están ganados.
Polibio fue un historiador que vivió en la Grecia del año 200 a. C. Desarrolló la Teoría de la Anaciclosis, según la cual todos los regímenes de gobierno tienden a la descomposición. pic.twitter.com/QtQ1qdoehW
— ANAP Córdoba (@AnapCordoba) April 25, 2018
La decisión, que considera ilegítima la medida tomada por el primer ministro Boris Johnson de solicitarle a la reina suspender las actividades del Parlamento británico, fue tomada de manera unánime por los 11 magistrados. https://t.co/W1yHFba8eg
— BBC News Mundo (@bbcmundo) September 24, 2019
Al volver la mirada a otras civilizaciones, observamos que la concepción de un tiempo circular es, incluso, más habitual que la lineal. Era así para mayas, incas, hopis, también para las culturas del este asiático y la filosofía taoísta y también para los chinos. “La concepción islámica del tiempo se basa esencialmente en el rejuvenecimiento cíclico de la historia humana a través de la aparición de varios profetas”, cuenta para The Guardian Seyyed Hossein Nasr, profesor emérito de estudios islámicos en la Universidad George Washington. Y para la cultura aborigen, dice Baggini, el tiempo no es ni cíclico ni lineal, sino que se encuentra enraizado con el espacio. Pasado, presente y futuro están siempre revelados en el lugar concreto.
Esta otra idea de tiempo lineal, como narración, que predomina en Europa tiene mucho más que ver con la tradición judeocristiana: Dios crea el universo a lo largo de siete días; la misma llegada de un Mesías marcaba un avance en ese relato para los cristianos y siempre se plantea la idea de un cierre para la humanidad, el juicio final. Ese camino hacia un objetivo universal (sea o no guiado por dios) quedó dentro de la filosofía y pensamiento de la Ilustración y aún hoy cala en nuestra manera de entender el progreso y la innovación.
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