12 de enero de 2022

Vacunas de liderazgo



Hospitalizaciones y defunciones según gravedad y estado de vacunación entre 1 de noviembre y 26 de diciembre de 2021. Fuente: Ministerio de Sanidad.

Miguel Bosé, Djokovic, las iglesias evangélicas, Paz Padilla, los populistas radicales, seguidores de Osho, etc. Así suena la folclórica (no encuentro mejor adjetivo) ensalada de los “antivacunas”.

Vivimos una época líquida en la que lo sólido se diluye hasta cuestionar las evidencias más elementales del conocimiento y los pilares más básicos de la convivencia. Andamos enredados en debates estériles y pueriles que nos impiden afrontar reflexiones más elevadas.

Si escribo del tema de la vacunación, me encantaría abordar cuáles deben ser los requerimientos para suspender derechos y libertades fundamentales, cuál la prioridad que debemos conferir a la salud como bien público, cuáles las autoridades legítimas para tomar decisiones, cuánta la coordinación exigida a las distintas administraciones en la gestión de la pandemia, cuál el tratamiento informativo más adecuado y ético que deben asumir los medios, cuál la autoridad que legitima a los comités de científicos, cómo y quién los selecciona, etc.

Sin embargo, el debate público se centra en teorías peregrinas como las de la actriz norteamericana Lisa Bonet, según la cual “la vacuna introduce en nuestra sangre organismos alienígenas que, a la larga, producen leucemia, esclerosis múltiple o el síndrome de muerte súbita”. Lo traigo solo como anécdota de lo más delirante, sin que merezca más comentario. Bromas aparte, la cosa deja de tener gracia cuando una figura como Djokovic se niega a vacunarse y pretende competir al margen de los requerimientos que sí cumplen sus rivales, pasando por encima de la legislación de los países.

Así es como la polémica alcanza impacto global y el cuestionamiento de las vacunas se hace verosímil. Nada tiene que ver verosimilitud con veracidad. Es verosímil cualquier conjetura no probada que sea percibida como posible. Por tanto, lo verosímil no supone veracidad sino solo apariencia, aunque su impacto puede ser devastador. Hablamos de una pandemia mundial y su correlativa crisis económica mundial. Es entonces cuando los líderes (los verdaderos y buenos líderes) deben entrar en el debate, por pueril y absurdo que pueda parecer.

Conocimiento y confianza

Dos son las quiebras que se producen a mi entender; y dos, los pilares que hemos de restituir. El primero tiene que ver con el conocimiento y la confianza. Es en la era de la sobreinformación cuando la verdad se hace más débil. Ni la más elemental de las evidencias se mantiene en pie sin sufrir la erosión de la demagogia y la mentira. Todo se pone en duda e impera la desconfianza.

Todas las estadísticas y datos son evidencias demoledoras que avalan la efectividad de las vacunas contra el COVID. Ocurre en todos los países. Se confirma en todas las franjas de edad. Lo avalan todos los organismos públicos e instituciones privadas que gozan de reconocimiento y prestigio en la materia.

Con el 91% de la población española vacunada a diciembre de 2021, la comparativa entre vacunados y no vacunados (figura 1) no admite matices ni interpretaciones. No hay mayor ceguera que la de quien no quiere ver.

¿A quién creemos? ¿De quién nos fiamos? ¿Es posible tomar a Paz Padilla como referencia científica? Basta consultar con un médico para despejar cualquier duda. Y aún así, hay quien afirma conocer a alguno que no cree en las vacunas, ignorando la conclusión inequívoca (y prácticamente unánime) de la comunidad científica mundial.

Necesitamos restituir confianza como valor necesario para vivir y convivir. La confianza abre puertas. Y la desconfianza nos las cierra, tanto a nivel personal como colectivo. La economía es un juego de confianzas en el que los ciudadanos confiamos en el título-valor de la moneda, en el que los productores confían en el distribuidor, en el que el consumidor confía en el productor, en el que unos y otros confían en el regulador, y así sucesivamente. Por supuesto que no todo es perfecto, pero ¿cuál es la alternativa? Si el avión en el que viaja sufre turbulencias, ¿dejaría que cualquier pasajero sustituyera a los pilotos en cabina? Si su ordenador no funciona correctamente, ¿dejaría que el carnicero lo abriese para arreglarlo? Si le duele una muela, ¿dejaría que un operario del gas se la extrajera?

Personalmente no deja de asombrarme la desvergüenza y desparpajo de muchos al tratar materias que ignoran por completo. Nada sano se puede construir si cualquiera habla sobre lo que quiere.  Así, no. Por eso, cuando todo se pone en duda, necesitamos voces cabales. Un tenista ha puesto en duda la Ciencia. Que sea otro tenista el que ponga sentido común. A Rafa Nadal le habría resultado más cómodo no entrar al trapo, pero como sociedad necesitamos gente como él: “yo creo en lo que dice la gente que sabe de medicina y si ellos dicen que nos tenemos que vacunar, pues nos tenemos que vacunar”.

Libertad y convivencia

La otra gran quiebra tiene que ver con el concepto de la libertad. Muchos exigen respeto para su decisión de no vacunarse. Creen que esa libre elección forma parte de su esfera privada. Hay conceptos universales y sublimes tan manoseados que han perdido su sentido: talento, liderazgo, democracia, libertad…

 Han hecho mucho daño los eslóganes políticos alimentados por asesores de comunicación que reducen todo a una simpleza que insulta la inteligencia: “democracia o fascismo”, “libertad o comunismo”. Viven de las etiquetas. Las crean y alimentan.

 Libertad no es hacer lo que me da la gana. Demasiado obvio, pero volvemos a necesitar que alguien lo recuerde. Como Sociedad nos dotamos de reglas de juego para convivir. Se llama Derecho. Y un Estado de Derecho es aquel en el que ciudadanos y autoridades se dan unas normas que les comprometen y obligan por igual. Nadie por encima de la ley.

 Nuevas ironías. Algunos que defienden las leyes y la soberanía nacional para cerrar fronteras, niegan ahora las leyes australianas, que dicen deben subordinarse al deseo de un ciudadano extranjero que no quiere vacunarse. El Estado de Derecho y el respeto a la ley son principios vigentes cuando la ley nos agrada y conviene, y también cuando nos desagrada. Esa es su grandeza. Y si la ley no gusta, se cambia, pero no se incumple. Y si se cree que otro la ha incumplido, se acude a la Justicia, que para eso está.

 La libertad se hace real en un marco de respeto y convivencia en el que las normas se cumplen. Fuera del Estado de Derecho, no hay libertad. Si no compartimos una política del gobierno, ¿estamos legitimados para no pagar impuestos? Si un vecino nos cae mal, ¿podemos ponerle música a todo trapo para impedirle dormir durante la noche? Si un ciudadano británico llega a nuestro país, ¿puede conducir por la izquierda como opción legítima y libre que hemos de respetar?

 El orden público reúne todas aquellas conductas que son exigibles y necesitamos para convivir. No son disponibles individualmente. Uno elige en qué restaurante comer, pero no puede fumar echando el humo al de la mesa de al lado. Guste o no. Y así tantas cosas.

Para proteger el derecho de no vacunación de unos pocos, no podemos limitar derechos fundamentales de todos como el de la movilidad y libre circulación, ni tampoco debemos pagar el precio económico que supone una pandemia mundial. Si nos vacunamos todos, se acaba la pandemia. Si no lo hacemos, seguiremos inmersos en esta pesadilla. Así lo demuestra la tasa semanal de ingresos hospitalarios en USA (figura 2). La línea verde corresponde a los vacunados con pauta completa. ¿Dónde está la pandemia? ¿Y las famosas olas? En azul, la línea de los no vacunados.

Tasas semanales de ingresos hospitalarios en vacunados y no vacunados de Estados Unidos. Fuente: SINC (Servicio de Información y Noticias Científicas). Ministerio de Ciencia e Innovación.

Necesitamos poner en valor estas evidencias. Necesitamos mensajes como el que nuestro Rafa Nadal recuerda a Djokovic: “todos somos libres de tomar nuestras propias decisiones, pero luego hay consecuencias. El mundo ya ha sufrido lo suficiente como para no seguir las normas”.Confiemos en la Ciencia, y vacunemos al mundo para ser realmente libres. Siento haber dedicado tanto tiempo y espacio para incidir en dos hechos tan básicos, pero tristemente era necesario. Gracias una vez más, Rafa Nadal.PD: No quisiera concluir este post sin incorporar información y conclusiones más allá de las evidentes. Por eso, incorporo un vídeo de cuatro minutos del eurodiputado Luis Garicano. Al margen de la adscripción o el color político, considero este mensaje como un ejemplo de rigor que eleva el discurso. Su deseo para 2022: “que nos vacunemos todos y que vacunemos al mundo”.