01 de junio de 2022

Lo extremo es insostenible: del wokismo a la acción concertada



La evolución a golpe de péndulo no construye progreso compartido, menos aún el enfrentamiento y el señalamiento. Y es que la imposición de la agenda de unos sin el concurso pero a costa de los otros genera resentimiento y deseos de borrar al contrario en cuanto haya ocasión.

Venimos de una era de progreso basada en el consenso sobre un modelo que repartía esfuerzos pero también resultados de manera sostenible, hasta que ha dejado de hacerlo. Mientras no se definan otros consensos -nada que ver con ideologías excluyentes- las brechas y los costes continuarán aumentando.

Parecía haberse encontrado una vía por la que avanzar en esta transformación necesaria del modelo económico mediante la internalización de los problemas sociales y medioambientales en nuestra vida cotidiana como ciudadanos y muy especialmente a través de los principales agentes de la economía que son las empresas, a través de un adecuado (eso es lo difícil) marco regulatorio que encuentre el equilibrio entre palo y zanahoria (imposición e incentivos).

No nos engañemos, son los poderes públicos los que han fracasado en el cuidado del bien común que es su principal razón de ser.

Se trata ahora de hacer nuestros los problemas del entorno. Recuperar la esencia de la comunidad para cuidar lo común. No es ideología, es pragmatismo.

Una adecuada gestión del cambio requiere cooperación. Todos debemos aportar y formar parte de la transformación. No debe ser ni imposición ni dejar hacer de otros, si queremos que sea sostenible.

Y digo que parecía haberse encontrado la vía para construir un nuevo consenso con la corriente transformadora de la sostenibilidad y del stakeholder capitalism porque quizá se cantó victoria demasiado pronto y los impulsores (y muchos que se suben al carro vestidos de supuestamente defensa de las víctimas en su propio beneficio) pretenden arrasar en lugar de consensuar y los negacionistas y una gran mayoría de no convencidos esperan cualquier tropiezo para romper la baraja.

Esto es lo que está pasando. Empieza a tomar cuerpo una corriente de rechazo que amenaza con neutralizar los avances conseguidos en materia de Sostenibilidad por las deficiencias en la aplicación de los criterios ESG. La guerra contra el capitalismo woke es el título de una de las crónicas del FT sobre la reunión de Davos celebrada la pasada semana.

Nos jugamos mucho.

Una cosa es llamar la atención sobre problemas inatendidos o mal resueltos, de brechas flagrantes cuando no de abusos inhumanos (wokismo) y otra muy distinta es establecer una tiranía de lo políticamente correcto basado exclusivamente en eso: la denuncia y el señalamiento, desentendiéndose del proceso para conseguirlo. No se trata de rellenar los farragosos formularios de las múltiples y crecientes agencias de rating ESG que acaban premiando a empresas por mero greenwashing. Lo importante es el compromiso con los objetivos e integrarlos en la estrategia para que generen sostenibilidad reforzando la financiera, no ahogándola.

Los radicalismos generan desencuentros y lo que necesitamos son alianzas para reconstruir el bien común, abandonado por incomparecencia e incompetencia de las partes interesadas.

No es que todos seamos egoístas es que la mayor parte somos ignorantes. Mala combinación. Me vale más que seas egoísta si entiendes que te interesa que el entorno vaya bien para tu propio beneficio y estés dispuesto a contribuir que ser un convencido que solo critica y quema puentes sin aportar a los resultados.

Conseguir acuerdos para que avance una mayoría creciente es complejo pero es la base para atender los problemas comunes y la inclusión sostenible de las minorías. Eso es democracia, lo demás es, con suerte, la sucesión de totalitarismos pendulares que alimentan los enfrentamientos y las brechas y acaban siendo mucho más costosos.

Pensar, Sumar y Actuar