10 de marzo de 2021

La sociedad “inacabada”



En “Decálogo del buen ciudadano”, el politólogo Víctor Lapuente denuncia que nuestra sociedad, de izquierda a derecha, se ha contagiado de un individualismo radical. El egoísmo, sea económico o cultural, nos aísla, entristece y convierte en malas personas, dice el escritor. O lo que es más importante: hace de esta sociedad un lugar insoportable en el que vivir.

Víctor Lapuente

Su llamada a una ciudadanía menos victimista y más responsable con el resto es especialmente provocadora ahora. Las plataformas a las que vivimos anclados, la inteligencia artificial que poco a poco lo impregna todo… Este mundo virtual y físico, hiperconectado, nos convierte en nodos de una infraestructura, como somos también parte de un ecosistema del que depende nuestra vida.Si hablamos de ser responsables, atemoriza pensar que ni siquiera somos conscientes de nuestro papel en todo esto. Puede que se nos olvide que todo lo que somos (y seremos) también depende de nuestra capacidad de asumir la responsabilidad de un futuro compartido.

Hiperaislados, hiperconectados

El individualismo ha abierto heridas con la pandemia. Encerrados en nuestras casas, solo conectados gracias a la tecnología, fue fácil darse cuenta de que la herramienta, en bruto, no es suficiente para el bienestar. Hasta nuestros hogares confinados llegaban la tecnología y los productos y servicios que nos venden a través de ella, pero no tanto los lazos significativos que nos unen. Quizás por eso estamos saciados de contenidos, pero enfermos de ansiedad. La vida narcisista y egoísta se nos volvió en contra.

Porque, según el diagnóstico de Lapuente, estamos huérfanos de “un código de conducta para respetar, ser compasivos y ayudar a los demás. Lo que algunos han llamado la necesidad del entusiasmo o el ansia de pertenecer, el deseo de sentirnos parte de una comunidad”. Lo dijo Aristóteles, somos animales sociales. Pero vivir en sociedad supone también ciertas obligaciones, compromisos y deberes con el resto. Quizás en eso, está el sentido de todo.

Así, nuestra relación (algo bulímica) con Internet es solo la punta del iceberg. Las relaciones económicas, políticas, laborales y sociales se están transformando. Se abren enormes brechas de desigualdad y se polarizan las posiciones. Y podemos ser víctimas, pero también somos agentes en todo ello. Más que nunca hoy somos parte de una “sociedad inacabada”, que tiene muchas bases que sentar, muchos puentes por construir.

Por eso, el toque de atención del autor es pertinente. Si no asumimos nuestra responsabilidad en el bien común y atajamos los problemas de forma pragmática y negociada, ganarán el egoísmo y los intereses parciales. A la larga, perderemos todos.