03 de marzo de 2022

Guerra, economía y clima: el momento de una política energética valiente



Asistimos de forma simultánea, o quizás atropellada, a varias realidades que no nos pueden dejar indiferentes.

Antes de Ucrania ya asistíamos a lo que muchos calificaban como la primera crisis energética de la era renovable. La demanda de energía presionaba a una oferta rígida y las tecnologías fósiles recuperaban parte de terreno perdido.  Hoy, además, la seguridad energética cotiza a la baja. Los mercados digieren que Rusia puede volver a utilizar el suministro de energía en la contienda. Los precios fósiles se disparan a niveles no vistos en casi 15 años. El petróleo supera la cota de 115$ por barril, al tiempo que el precio del gas natural crece por encima del 100% hasta superar los 200$ / MWh.

Estamos, de nuevo, frente a una brutal transferencia de renta hacia los países productores de hidrocarburos que amenaza con ralentizar -o descarrilar- nuestra recuperación económica post-covid. No lo olvidemos, la recuperación se viene financiado en gran medida con ingentes recursos públicos, que, como deuda pública, deberán ser afrontados durante décadas. Encima, la factura energética contribuye de forma directa al aumento de los precios, -el IPC de España está ya por encima del 7%- y el BCE prepara ya una subida de tipos de interés, que drenará adicionalmente la renta de las familias y empresas.

Rusia, para mayor escarnio, es el principal suministrador de gas de Europa, con cerca del 40% y uno de los principales productores de crudo del globo, y está beneficiándose del aumento de valor de sus exportaciones – recursos que bien pueden reciclarse en la financiación de los planes nostálgico-expansionistas de su Presidente.

Entre tanto, con gran enfado de EEUU y la UE, Emiratos Árabes Unidos (EAU), que ocupa temporalmente una silla en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se abstiene en la votación de condena a la invasión rusa de Ucrania, junto con China e India. Tras esta decisión se esconde una realidad geopolítica compleja que debería hacernos reflexionar sobre qué esperar de Oriente Medio, origen, evidentemente, de buena parte de las exportaciones de hidrocarburos a nivel mundial. Una región endémicamente inestable se aleja de Occidente -o quizás se siente abandonada por Occidente-, situación que tanto Rusia como China utilizan para aumentar su influencia. Putin viajó a Abu Dhabi recientemente “para discutir la estrategia de la OPEP, y mejorar la coordinación bilateral en los mercados mundiales de energía”. China vacuna al grueso de la población en el Golfo, mientras Biden declara que el Régimen Saudita es un “paria internacional” y ofrece una tibia respuesta a los -ineficaces- misiles Houthis que caen en las capitales de la región.  Y quizás lo más importante, EEUU y la UE se preparan para renovar el acuerdo nuclear con Irán, el famoso Joint Comprehensive Plan of Action, dando así alas al régimen de Teherán y facilitando el acceso de tres millones de barriles diarios de petróleo al mercado.

Mientras tanto, el IPCC publica un informe que nos advierte que el Clima cambia a ritmos acelerados, confirmando los peores escenarios. Inger Andersen, directora ejecutiva de la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, indica que vamos hacia un incremento de 3 ° C, literalmente “una situación de emergencia, nos dirigimos hacia el desastre”.

Un momento.

Es hora de recuperar la dirección. Pensemos, entendamos la magnitud del reto y afrontémoslo. Pasemos página. No hay alternativa.

Es el momento de ser valientes y apostar por un modelo energético seguro y limpio, que se libere paulatinamente de emisiones, tensiones geopolíticas y del chantaje recurrente.

Los Gobiernos y Reguladores deben perder el miedo. Ser pragmáticos y entender sin dramas el papel de las energías fósiles durante la transición, ofreciendo un inevitable escenario de salida predecible y razonable. Hay que acabar con los subsidios al consumo de energías insostenibles, poner precio a las emisiones en aquellos sectores y mercados que no los tienen permitiendo que el poder de la economía de mercado trabaje para nosotros.

Debemos redoblar nuestra apuesta por la innovación y la tecnología. Los consumidores debemos hacer un uso responsable de los recursos energéticos y apostar por lo renovable siempre que sea posible –y rebajar de paso nuestra factura-. Finalmente, todos, como ciudadanos libres y contribuyentes, debemos exigir un giro a una arquitectura energética injusta e insostenible.

El momento es ahora. Sabemos cómo se hace. No más análisis, no más compromisos destinados al olvido, no más foros en busca del mínimo común denominador. No más excusas. Europa debe liderar, no solo con gestos, no solo en casa.

Nos jugamos mucho. Quizás todo.