09 de noviembre de 2021

El verdadero liderazgo mira lejos



El liderazgo en las democracias occidentales se desenvuelve como un manso río que se retuerce y dibuja meandros a golpe de encuesta. Nuestro tiempo sucumbe a un mundo de indecisión carente de criterio. Los dirigentes no toman decisiones, sobre todo si de ellas se derivan consecuencias difíciles. El temor al reproche social anula su voluntad. Quieren agradar a todos, y su deseo acaba convertido en una inacción que no agrada a nadie.

Toda la sociedad clama contra una clase política a la que situamos muy por debajo de las circunstancias históricas que les ha correspondido vivir y dirigir. La situación no es nueva, aunque no siempre ha sido así. En mi opinión, la falta de coraje de los gobernantes contemporáneos es sólo la consecuencia de una carencia aún mayor, que ya apunto Zweig “a los hombres de partido lo que les importa no es la justicia, sino sólo la victoria”. Pareciera que la historia nos quisiera devolver a la cloaca ginebrina del siglo XVI, desde la que Calvino quiso aplastar a Castellio.

El problema es la nimiedad de una visión que nace y muere en el interés del partido. Creen que su función es ganar elecciones, y no dirigir naciones. Retener un puñado de votos se antepone a razones de interés general.

Los políticos se esconden, mientras que los expertos alertan ante la imposibilidad de mantener el estado del bienestar con su actual fisonomía. Tenemos que hacer algo con nuestras pensiones, con la edad de jubilación, con la financiación de la sanidad, con el sobredimensionamiento de la burocracia autonómica, con el desorden presupuestario…

Todo el mundo, o casi todo, percibe la magnitud y gravedad de lo que nos pasa. Las grandes decisiones estratégicas se postergan. Sobre todo en la medida en que de ellas pueda derivarse un menoscabo en la imagen pública de un candidato, o una merma en las opciones electorales del partido de turno.

Frente a ellos, en nuestra memoria se erige una pléyade de estadistas que transformaron la realidad y cambiaron el rumbo de la Historia. A Winston Churchill no le tembló el pulso en la conducción del mundo libre hacia la victoria final. Sin embargo, no pudo evitar una aparatosa derrota electoral en las primeras elecciones tras la segunda contienda mundial.

Los padres de la Unión Europea alumbraron un sueño en el que las partes cedieron parte de su soberanía a un ente supranacional superior. Lo particular se postró ante lo general. Figuras como las del francés Jacques Delors o el alemán Helmut Kohl construyeron una Europa fuerte sin dejarse condicionar por intereses electorales nacionales.

Mijail Gorbachov cambió el mapa geopolítico con una “perestroika” que asombró al mundo. Sus reformas políticas y la transparencia (“glásnost”) desmoronaron como un castillo de naipes todas las dictaduras comunistas del este.

Algo similar sucedió en nuestra transición. Pilotado con habilidad y osadía, aquel frágil proceso pudo romperse en varios momentos de extrema tensión. Al final, acosado a derecha e izquierda, el presidente Adolfo Suárez se vio obligado a dimitir. Su contribución histórica no fue justamente reconocida hasta muchos años después.

Todos ellos escribieron su mejor página cuando olvidaron lo contingente, y alzaron su mirada más allá de las urnas. Los políticos mediocres gobiernan con su vista puesta en las próximas elecciones. Los estadistas gobiernan pensando en las próximas generaciones.

Existe una relación directa y proporcional entre la responsabilidad y el valor; y entre el compromiso y la acción. Un liderazgo valiente y sincero se hace más grande cuanto más lejos sitúa la mirada, aunque eso suponga reconocer que no tiene todas las respuestas.