11 de marzo de 2022
Límites en la guerra y en la paz

«Nuestra primera contribución a la paz es no acostumbrarnos a la guerra”
Ucrania en el alma. Tristes días que nos parecen imposibles en el corazón de Europa. Asistimos con desolación al espectáculo bélico que nos ha impuesto un sátrapa. Imágenes desoladoras de una guerra injusta: refugiados deambulando por sus carreteras, muertos sin recoger, hospitales derribados, niños sin hogar, familias rotas, despedidas de quienes eligen permanecer y luchar.
Sentados en el sofá del salón, se nos remueve la conciencia. A pesar del calor del hogar, nos asalta un escalofrío. A golpe de telediario, se nos quitan las ganas de comer. Estamos bien, pero nos sentimos mal. Ojalá nunca nos acostumbremos a lo que no podemos dejar pasar. Ojalá no cerremos los ojos ante tanto horror.
Es importante seguir atentos. Recuerdo el testimonio de Jon Sistiaga cuando le preguntaba sobre su mejor contribución a la paz. Su respuesta era unívoca: estar presente. “Mientras haya periodistas, mientras existan cámaras en el campo de batalla, los horrores de la guerra tienen cierto límite”. En efecto, las mayores atrocidades se producen sin testigos, cuando nadie mira.
Por eso son héroes los informadores que permanecen y se la juegan. Y por eso, nosotros debemos seguir atentos a todo lo que sucede. No podemos apartar la mirada, porque el día que lo hagamos, nuestra conciencia se pierde. Ojos que no ven, corazón que no siente. Por desasosegante y perturbador que nos resulte, nuestra primera contribución a la paz es no acostumbrarnos a la guerra.
No debiera ser la única. Los ucranianos son conciudadanos europeos que lo están perdiendo todo: casa, trabajo, tierra, bienestar, familia y vida. ¿Podemos hacer por ellos algo más que lamentarnos? Ofrecer cobijo, calor y pan a los refugiados es lo mínimo que nos debiera ser exigible. Es una cuestión de conciencia. De conciencia y de corazón, que no son lo mismo, pero es igual.
La solidaridad está bien, pero no basta. Efímera es nuestra acción si solo surge cuando reaccionamos ante el sufrimiento del prójimo. No solo se trata de paliar las consecuencias, sino también de enfrentarse a quien provoca la guerra. La vida se defiende parando a quien la arrebata. Ucrania necesita ayuda humanitaria, sanitaria y también militar. Se requieren palabras, pero también armas. No entregarlas es lavarse las manos como Pilatos.
Hay miedo. Al igual que todos, en las últimas semanas hablo con muchas personas sobre el incierto e inquietante futuro. Cuanto más elevado es mi interlocutor y mayor su acceso a la información, mayor es su preocupación. Intuyo que lo peor está por venir. Es difícil mantener el tipo cuando el cielo se desploma.
Pero necesitamos esa actitud de serena firmeza y consciente renuncia. Desde hace años, hablo de valores en lo público y en lo privado, en la familia y en la empresa, en los negocios y en el ocio, en la economía y en la sociedad…, o sea, de valores. Definimos los valores como principios y límites. Su primera acepción es más romántica y celebrada. Los valores entendidos como principios son abrazados por todos. Como personas deseamos la generosidad, la lealtad, la justicia, el compromiso, la humildad. Como sociedad europea ambicionamos la libertad, el respeto, la convivencia, el bienestar, el progreso.
Pero los valores son también límites. No todo vale. No todo depende. Esta segunda acepción, la de los valores como límites, encuentra menos adeptos, porque supone renuncia. El compromiso exige no fallar. La generosidad excluye al egocentrismo. La humildad renuncia la soberbia. Los valores son límites y suponen renuncias. ¿Estamos dispuestos a ellos?
Real, necesario y vigente es aquello tan viejo de “no preguntarse qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por él”. Si pensamos que Putin es un dictador que desprecia la vida humana y aplasta a los pueblos (al suyo, el primero), el miedo no nos debe congelar a la hora de defender los valores de democracia y libertad y a nuestros pueblos hermanos. No es devolver el golpe sin más, sino articular una respuesta firme e inteligente, aunque tenga consecuencias, o suponga renuncias.
No podemos mirar a otro lado, que es lo que muchos hacen al entrar en el terreno de las renuncias. Aislar económicamente al oso ruso, supone pasar más frío sin su gas. Desconectar sus bancos del sistema SWIFT es dejar de hacer negocio con sus empresas. Castigar sus oligarquías mafiosas es renunciar a sus inversiones millonarias en nuestros paraísos de verano. Eso es tener valores. O sea, tener principios y poner límites.
Cuando las cosas “iban bien”, decaímos en la defensa de nuestros valores. Todos. No solo nuestros gobernantes. Creer en Europa y en sus valores exige asumir renuncias. Si nuestras empresas creen en el valor de la investigación, no debieran comprar insumos a las empresas que les plagian y piratean. Si creemos en la calidad, no debiéramos comprar al más barato por el solo hecho de serlo. Si creemos en la libertad de los pueblos, no debiéramos comerciar libremente con países que son férreas dictaduras. Si creemos en la dignidad del hombre y sus derechos fundamentales, no debiéramos “hacer ricos” a quienes explotan sin escrúpulo a sus trabajadores. Y así tantas cosas.
La incoherencia es muy cara. La solución no puede ser mirar siempre a otro lado cuando no nos conviene. O ponemos límites a tiempo y renunciamos parte de nuestros estándares de seguridad y bienestar, o puede que luego ya sea tarde.
Nos toca ahora ganar la guerra, porque antes perdimos la paz.