25 de marzo de 2022

La actual crisis energética: ¿amenaza u oportunidad?



Fuente: Arabian Business

España, Europa y en general el mundo occidental, atraviesa un momento de creciente tensión.

Entender y aceptar nuestra realidad económica y en especial energética es la fórmula para avanzar en el cambio que necesitamos.

No se vislumbra solución a corto plazo a la tragedia en Ucrania. Los analistas internacionales empiezan a descontar un conflicto bélico que puede extenderse durante meses, algunos incluso piensan en años. La inestabilidad y las consecuencias que ello supone se refleja en cambios que empiezan a abandonar su carácter coyuntural. Europa, y en especial Alemania, despierta abruptamente de su letargo político-militar. El eje atlántico reverdece frente a la crisis en Ucrania. Finlandia y Suecia se ven más cerca de la OTAN que nunca. China, cuya economía es 11 veces mayor que la rusa, se ve expuesta a una encrucijada comprometida, que pondrá a prueba su ‘alianza sin límites’. Por un lado, tiene el deseo de apoyar a Putin y demostrar que las sanciones económicas no funcionan, al tiempo que sabe que su éxito económico -y por ende su renacer político- sigue dependiendo en buena medida del acceso a los mercados occidentales

En Europa los Gobiernos se preparan para afrontar las consecuencias de un shock de oferta energética y de commodities industriales y de alimentos. Se descuenta una ralentización significativa del crecimiento económico -medida en puntos porcentuales-, el mantenimiento de las presiones inflacionistas -apoyadas en energía y alimentos- y cambios en materia de política monetaria y fiscal, probablemente en sentidos opuestos.

Aliviar sí, anestesiar, no.

La crisis energética, que no olvidemos había comenzado antes de la guerra -como se ve en el gráfico que recoge la evolución del gas natural-, con precios por las nubes, además de generar una nueva transferencia de renta y crecimiento económico a los países productores, está poniendo contra las cuerdas a determinados sectores de la economía europea.


Resulta tentador negar esta realidad. A nadie le interesa vivir con costes energéticos altos y elevada volatilidad. Es conveniente evadirse. Leemos en la prensa que se quiere ‘topar’ el precio del gas o de la energía. Incluso en instancias comunitarias.Sin embargo, entender y aceptar nuestro escenario es condición necesaria para poder cambiarlo. La seguridad energética tiene precio. La sostenibilidad ambiental también. Los mercados reflejan la incertidumbre y los precios energéticos son los que son. No podemos inventarnos ‘topes’. Es una ficción. Los elevados precios se van a pagar. Olvidamos que los ‘topes’ significan que el diferencial de precio los asume el contribuyente -presente o futuro-.

No podemos evitar la realidad energética. Es contraproducente.

Debemos asumir que la volatilidad y la insostenibilidad ambiental son inherentes a nuestro modelo energético. Si sus implicaciones actuales son insoportables para sectores vulnerables, diseñemos ayudas específicas que contrarresten los efectos más perjudiciales. Pero eliminar las señales de precio supone anestesiar el incentivo al cambio, a la inversión en alternativas energéticas, y en tecnología que nos aleje de un escenario energético que no queremos.

En una economía de mercado como Europa, es la señal de precios la que acelera o aletarga los plazos. Anestesiar la señal de precios va a ralentizar la transición energética manteniendo la situación actual de dependencia, vulnerabilidad e insostenibilidad. No pensemos que la transición va a ser fácil o barata. Requiere sacrificios, tanto en el cambio de hábitos y costumbres, como económicos. Y es precisamente de la asunción del coste de donde surge el progreso y el desarrollo tecnológico – el cambio. La conveniencia coyuntural no significa que sea lo mejor para nuestra sociedad, ni en el medio ni en el largo plazo. Al revés.

A corto y medio plazo Europa debe buscar alternativas fósiles a Rusia. Diversificar. Reducir riesgos.  Pero no perdamos de vista que lo que necesitamos es un calendario de salida claro, con objetivos y plazos vinculantes. Necesitamos todas las opciones tecnológicas que supongan mejoras en seguridad energética y reducción de emisiones. Y reconozcamos que en ese escenario también necesitamos dar previsibilidad al uso -sí, menguante- de combustibles fósiles, porque no tenemos aun alternativas tecnologías listas para satisfacer toda la demanda.

Rusia nos demuestra que no estamos ante el final de la historia. Nos movemos hacia una nueva realidad geopolítica menos globalizada y más regionalizada. Y seguramente más antagónica.

Frente a esto, otra realidad. Europa se construye en las crisis. El Covid nos acercó en materia de integración financiera y fiscal. Ucrania en política exterior y de defensa comunes.

Es el momento de crecer nuestra ambición en el ámbito de política energética común. La vamos a necesitar.