Cuando hablamos de progreso

A menudo asumimos sin demasiadas dudas que el punto al que hemos llegado hoy, nuestro presente, es el resultado de una acumulación de mejoras a lo largo de la historia de la humanidad. Pensamos en ello como una evolución lineal y un desarrollo que, según entendemos desde nuestra posición etnocéntrica y ombliguista, se ha producido en sentido único y ascendente. Mejorando siempre. O casi siempre. 

Fotografía: Jon Tyson | Unsplash

Fotografía: Jon Tyson | Unsplash

Sin embargo, no ha sido siempre así. La idea de progreso, según Augusto Comte, no existía en la Antigüedad y la construcción de ese concepto es un proceso que florece con la Revolución Francesa y el fin del Antiguo Régimen, cuando la civilización occidental ya mira con perspectiva histórica al pasado y termina de sacudirse la guía de un Dios que dirige nuestra existencia.

Y entonces fuimos en busca del progreso. 

 

Lo que el tiempo circular nos enseña

Efectivamente, no era igual en la Antigüedad, ni lo ha sido para las civilizaciones fuera de lo que hemos llamado “occidente”. Para griegos y romanos, el tiempo era circular, como lo son las estaciones y ciclos de la naturaleza. Interesaba, por lo tanto, lo que permanecía, lo que se repetía, aquello que es inevitable, que no se puede cambiar.

Como apunta Julian Baggini en The Guardian, esto “tenía sentido especialmente en las sociedades premodernas, donde había pocas innovaciones a través de las generaciones y la gente vivía vidas muy similares a las de sus abuelos”. Algo difícil de comparar con los precipitados cambios en tecnología y modo de vida de nuestro último siglo. 

De estas miradas cíclicas al devenir del tiempo, es especialmente interesante para el momento actual de Cuarta Revolución Industrial y crisis política, la Teoría de la Anaciclosis de Polibio, que traza el ciclo de la degeneración de los regímenes políticos.

Aunque habría mucho que discutir sobre la solución que propone, no deja de ser pertinente esta idea de degeneración de la democracia (que llamó oclocracia), frente a la asunción habitual de que la democracia y el estado de derecho ya están ganados.

 

Al volver la mirada a otras civilizaciones, observamos que la concepción de un tiempo circular es, incluso, más habitual que la lineal. Era así para mayas, incas, hopis, también para las culturas del este asiático y la filosofía taoísta y también para los chinos. “La concepción islámica del tiempo se basa esencialmente en el rejuvenecimiento cíclico de la historia humana a través de la aparición de varios profetas”, cuenta para The Guardian Seyyed Hossein Nasr, profesor emérito de estudios islámicos en la Universidad George Washington. Y para la cultura aborigen, dice Baggini, el tiempo no es ni cíclico ni lineal, sino que se encuentra enraizado con el espacio. Pasado, presente y futuro están siempre revelados en el lugar concreto. 

Esta otra idea de tiempo lineal, como narración, que predomina en Europa tiene mucho más que ver con la tradición judeocristiana: Dios crea el universo a lo largo de siete días; la misma llegada de un Mesías marcaba un avance en ese relato para los cristianos y siempre se plantea la idea de un cierre para la humanidad, el juicio final. Ese camino hacia un objetivo universal (sea o no guiado por dios) quedó dentro de la filosofía y pensamiento de la Ilustración y aún hoy cala en nuestra manera de entender el progreso y la innovación. 

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La idea de progreso hoy

¿Cómo han llegado estas ideas hasta nuestros días? Repasamos, finalmente,  las ideas de progreso que se promulgan desde el multilateralismo de la OCDE, el materialismo histórico de la China del Partido Comunista, el renacer romántico de los Estados Unidos de Donald Trump y la innovación radical de Silicon Valley.

OCDE: calidad de vida y condiciones materiales

“El progreso de la sociedad consiste en mejorar el bienestar de las personas y los hogares. Para evaluar ese progreso es necesario tener en cuenta no sólo el funcionamiento del sistema económico, sino también las diversas experiencias y condiciones de vida de las personas", dicen desde la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Para ello, establecen un marco que tiene en cuenta factores que incluyen tanto los de calidad de vida como las condiciones materiales. 

Marco de la OCDE para la medida del bienestar y el progreso. Fuente: OCDE.

Marco de la OCDE para la medida del bienestar y el progreso. Fuente: OCDE.

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China: liderazgo económico y orden social

La firme apuesta de China por el desarrollo de nuevas tecnologías como la Inteligencia Artificial o proyectos de expansión internacional basados en la infraestructura (ya sea sea marítima, terrestre o de conectividad 5G) con la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda deja clara su postura respecto al progreso. El músculo económico del país asiático sigue creciendo, sin que ello suponga, no obstante, reformas en su sistema político y social. En su idiosincrasia, el confuncianismo (y su defensa de la cultura del pasado) y el marxismo (que entiende la estructura económica como determinante en la evolución de una sociedad) se mezclan con los nuevos aires, como demuestran las revueltas de las élites en Hong Kong. Pero como apuntaba Alicia García-Herrero en “Los grandes retos de Europa: innovación y un mundo bipolar” en Natixis el pasado junio, es tramposo pensar que el siguiente paso para China es, inevitablemente, la apertura democrática. El camino de Europa no es el único posible. Ni siquiera el más probable, dada la historia y la cultura diferentes.

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La vuelta al romanticismo de Trump

Tampoco el presidente de Estados Unidos Donald Trump puede despojarse de la historia que le ha traído hasta aquí. En su discurso, encontramos otro rasgo de la cultura occidental, desde el siglo XVIII hasta nuestros días: el romanticismo. Su “Make America Great Again” destila nostalgia y apela a las emociones de sus votantes. Recuperar el brillo de un tiempo pasado dista mucho del torrente progresista de Barack Obama, aunque solo fuera por lo que significa ser el primer presidente negro en la Casa Blanca. 

“América es un lugar donde puedes escribir tu propio destino”. Declaraciones de Obama por el fallo de la Corte Suprema sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. Fuente: The Washington Post.

“América es un lugar donde puedes escribir tu propio destino”. Declaraciones de Obama por el fallo de la Corte Suprema sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. Fuente: The Washington Post.

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Silicon Valley y la innovación

En el programa de Humanismo y Revolución Digital de la Escuela de Organización Industrial, Alberto González Pascual lanzaba a los presentes: “¿Estamos radicalizando la idea de innovación?”.

En los últimos años, basta con observar la agresiva actitud innovadora de Silicon Valley y que Mark Zuckerberg, creador de Facebook, sentenció tan bien en aquel “muévete rápido y rompe cosas”. Asociamos avances tecnológicos (sean cuales sean sus usos) con progreso (¿solo económico?). De acuerdo con Eric Giannella, de Berkeley Journal Sociology, “pensar que el cambio tecnológico ha sido históricamente igual a la mejora humana lleva a muchos en Silicon Valley a verse excusados de la reflexión moral”. Algo que no pasaba en los desarrollos de web y software, en los setenta y ochenta.

Para Giannini, el pensamiento de Silicon Valley proviene del enfoque pragmático de ilustres estadounidenses como Ben Franklin. “Tomaron el estilo de pensamiento racional y calculador que hizo que las ciencias tuvieran tanto éxito y lo aplicaron a todos los aspectos de la vida”. Se refiere a la búsqueda de una mayor eficiencia que caló con el fordismo e incluso en las administraciones de nuestros Estados, siendo Alemania un gran ejemplo de ello.

Dicha mejora de la eficiencia, es fácilmente medida en retornos de inversión (ROI), pero ¿cómo estamos midiendo lo que aportan los usos que damos a la tecnología hoy a la mejora del bienestar de la sociedad presente y del futuro?


Lectura recomendada

“Morality and the Idea of Progress in Silicon Valley”, de Eric Giannella en Berkeley Journal of Sociology.

Sofía Soler Sánchez